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Robos con arte. Entre el delito y la ficción
El cineasta Fernando Colomo se encuentra actualmente enfrascado en la postproducción de su última película, “La banda Picasso”, una comedia que narra el estrafalario, pero verídico, caso del robo de “
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| Leonardo da Vinci, Mona Lisa o La Gioconda, ca. 1503-1506. Museo del Louvre |
Otro 21 de agosto, en esta ocasión de 1961, el taxista Kempton Bunton, ejerciendo de Robin Hood de los tiempos modernos, se llevó el “Retrato del Duque de Wellington” (1812) de Goya de
Y es que el robo de obras de arte siempre ha estado rodeado de un halo de sofisticación y dandismo muy apropiado a las fantasías del séptimo arte. Fue una diosa del glamour como Audrey Hepburn quien, en la ficción de William Wyler “Cómo robar un millón” (1966), le encargó Peter O’Toole el robo de una falsa Venus de Cellini de las salas de una importante pinacoteca. Mientras que, en el remake de 1999 de “El secreto de Thomas Crow”, Pierce Brosnan se apoderaba del “San Giorgio Maggiore durante el crepúsculo” de Monet por puro amor al arte, al riesgo y a la aventura. Sean Connery, Catherine Z. Jones, Brad Pitt, Georges Clooney o Tom Cruise han sido otras estrellas de Hollywood que también se han visto tentadas, en la gran pantalla, por las delicias fetichistas de la posesión ilegal de bienes culturales.
Pero a día de hoy la realidad de estos delitos es bien distinta. Aun y en tiempos de crisis, el arte sigue presentándose como un valor de inversión seguro, y sus precios en el mercado continúan alcanzando cotas exorbitantes. De ahí que el crimen, más o menos organizado, vinculado al arte se haya intensificado en los últimos años. El hurto de antigüedades u obras poco conocidas tiene un mercado negro propio que se aprovecha de los resquicios legales que deja la precaria catalogación e identificación de estas piezas para hacerlas circular impunemente por los circuitos de tasadores, anticuarios, coleccionistas y casas de subastas. Las obras de arte de primera fila, ejecutadas por grandes figuras, ya son otro tema. Obviamente nadie va a colocar así como así un Rembrandt, un Cézanne, un Picasso o un Matisse. En estos casos, tal y como señala Noah Charney ‒historiador del arte, novelista y experto en crímenes artísticos‒, los botines se suelen utilizar para blanquear dinero, ejercer chantaje sobre compañías aseguradoras y propietarios, o incluso como moneda de cambio de drogas y armas. Charney va aún más lejos al afirmar que también sirven para sufragar actividades terroristas. El FBI,
La pasada madrugada del 9 de enero unos hombres entraron en



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