Artículo
publicado en Encuentros, suplemento cultural del Diari de Tarragona,
28 de abril de 2012, p.13
http://www.diaridetarragona.com/resources/archivos/2012/4/30/1335782123429EN280412.pdf
Joaquim Gomis, el artesano ilustrado
La
reciente publicación de un ensayo de Mario Vargas Llosa titulado “La civilización del espectáculo” (Alfaguara, 2012) ha reabierto el eterno debate en
torno a las virtudes de la “alta” cultura frente a los supuestos vicios de la “baja”.
Digamos que a lo largo de la historia han sido dos los principales argumentos
utilizados para excluir del limbo de las artes nobles a ciertas manifestaciones
culturales: por un lado, una vinculación excesiva a las corrientes populares,
folklóricas o lúdicas; y, por otro, una adscripción precoz a los avances
tecnológicos emergentes de cada nueva época.
Joaquim
Gomis (Barcelona 1902 – 1991) pertenecía a una familia catalana, burguesa e
ilustrada, con negocios textiles. A los 14 años su tía le regaló una cámara
Brownie con la que, en 1922, viajó a Estados Unidos. Dicho viaje tenía como
objetivo ampliar su formación industrial. Pero resulta que por ese entonces
Gomis ya había adquirido el hábito de fotografiar todo aquello que le rodeaba. Fascinado
ante la grandilocuencia arquitectónica, el poderío industrial y el vertiginoso
ritmo de vida que emanaba de urbes como Nueva York, Houston o Dallas, el
catalán se entregó a su Brownie.
Un
turista burgués documentando con su cámara doméstica los paisajes de una
sociedad que crecía incontrolablemente a ritmo de hierro, jazz, cultura de
masas y hormigón. A priori nada puede sonar más amateur. Y sin embargo el tiempo ha demostrado que, con estas imágenes,
Gomis estaba revolucionando el lenguaje fotográfico y anticipándose a los programas
de los teóricos de la Nueva Visión.
Todo un despliegue vanguardista a base de picados, contrapicados y escorzos de
la vida urbana que configuran esa “mirada oblicua”, actualmente rescatada en la
exposición de la Fundació Miró
de Barcelona.

En 1928 Gomis
hizo otro viaje de negocios que marcaría un nuevo punto de inflexión en su obra
fotográfica. En esta ocasión fue en Paris donde cayó rendido ante ese emblema
de la ingeniería moderna que es la Torre
Eiffel. Como captarla en su totalidad, en una sola toma, le
pareció un experimento cuando menos estéril, apostó por la secuencialización,
dando lugar así a una serie, a medio camino entre el lenguaje cinematográfico y
el fotorreportaje periodístico, que serviría de inspiración a los llamados
fotoscops. Con este nombre bautizaron Gomis y el galerista Joan Prats una
colección de fotolibros elaborados conjuntamente y que representan una de las
aventuras editoriales más estimulantes de la fotografía española de la
posguerra.
En la
serie de la Torre Eiffel
están presentes dos de los rasgos discursivos más característicos de la obra de
Gomis: su mirada oblicua, rompedora y vanguardista; y el desarrollo ese método
de trabajo tan particular basado en la secuencia. Y es justamente en estos dos
focos que centra su atención la exposición que ha comisariado Juan Naranjo para
la Fundació Miró.

De entre
los fotoscops destacan los dedicados a Joan Miró y a Antoni Gaudí, así como dos
bellísimas series no publicadas: una consagrada al cuerpo femenino, de marcado
acento surrealista; y otra sobre Barcelona, más cercana a los preceptos del
documentalismo. Hay asimismo dos fotoscops sustentados en la poética espartana,
y casi mística, de lo cotidiano y tradicional: “Ibiza fuerte y luminosa” (1967)
y “Artesanía” (1968). El quehacer popular, una vez más, inmiscuyéndose con
orgullo atávico en el campo de las bellas artes. Así es, eso que llamamos arte
puede acecharnos en cualquier esquina. Solo es cuestión de mantenerse alerta,
sin prejuicios y fiarse de la intuición.
Joaquim Gomis. De la mirada oblicua a la narración visual
Fundació
Joan Miró
20 de
abril de 2012 – 3 de junio de 2012
Parc de
Montjuïc s/n, Barcelona